1998. Samuel, en el nombre del padre

La publicación se interesó por la historia del joven defensor de Boca, que debutó en Newells con el apellido Luján y decidió luego cambiarlo por el de Oscar, el hombre que lo crio, le inculcó valores y lo acercó al fútbol.

uando lo conocí tenía sólo cuatro años, y en ese entonces nadie sabía que hoy, a los 20, iba a jugar en la Primera de Boca. Por eso me interesa más como persona que como futbolista. A mí también me tocó sufrir desde pequeño por no tener papá, porque cuando nací, mi mamá era soltera. Por eso le estoy agradecido a la vida, que me dio esta oportunidad hermosa: que él me haya elegido como padre y que yo lo haya elegido como hijo”. Con los ojos vidriosos y las lágrimas que con esfuerzo contiene para que no se derramen sobre sus mejillas, Don Oscar Samuel habla emocionado sobre la persona a la que además de darle su apellido le entregó su corazón.

En la cancha Wálter es impasable. Fecha 15 del Apertura 98, Boca, agónicamente con el gol de Palermo, supera a Talleres por 2 a 1 y abraza el Título.

No es otro que Wálter Adrián Samuel, ese adolescente que en la actualidad viste la camiseta titular número 6 del Boca arrollador, que está cada vez más cerca del título, le debe este presente maravilloso a su familia y en gran parte, sobre todo, a su papá adoptivo. El mismo que hace ya 16 años formó familia con la mamá, Glady (así, sin la ese), con quien palpita cada partido que juega “el nene”, como lo siguen llamando cariñosamente.

Es domingo a la tarde en el barrio Nadal, en Firmat, al sur de la provincia de Santa Fe. Allí, en la casa de los Samuel —que se completa con las hermanitas del defensor, Mariana y Marisol— vecinos y amigos de toda la vida llegaron desde temprano para sentarse frente al televisor y disfrutar de Boca—Talleres.

“Siempre que podemos viajamos a Buenos Aires para verlo, si no sufrimos desde acá por la tele”, cuenta Oscar, todavía orgulloso por la decisión que Wálter tomó hace un poco más de dos años, cuando decidió cambiarse el apellido Luján (con el que debutó en Newells y también usó en la Selección Argentina Sub-20 de Pekerman) por el actual. “Así lo quiso él. Me produjo una gran satisfacción” cuenta su papá adoptivo, quien le agradece a Dios: “Él está allá arriba, ¿eh? ¡Existe de verdad!”.

A los seis años, Oscar llevó al pequeño Wálter al club Argentino de Firmat, donde el técnico Osvaldo Crocetto le enseñó a dar los primeros pasos como jugador, curiosamente de wing izquierdo y, encima, goleador. “Le encantaba jugar en la casa con una pelotita de tenis, con la que, cada dos por tres, solía romper los tubos de luz del living”, recuerda con una sonrisa angelical, doña Glady.

A los 13, Abel Almada, encargado de las divisiones menores de Newell’s Old Boys, lo fichó para la institución rosarina. “Se le hacía difícil continuar estudiando, porque tres veces por semana se iba a Buenos Aires, para entrenar con la Selección Juvenil, y el resto de los días viajaba a Rosario para practicar con Newell’s. No le quedó otra que dejar la secundaria en cuarto año”, detalla la mamá.

Preocupado como todo padre cuando su hijo abandona los estudios, Oscar lo apoyó con todo su cariño en su carrera de futbolista. Lo educó con dedicación y le inculcó la escala de valores familiar que privilegia la humildad por sobre todas las cosas: “No es fácil para él estar viviendo solo en Caballito. Por eso vamos allá en cuanto podemos. Pero igual lo llamamos por teléfono todos los días, aunque noticias no nos faltan, ya que escuchamos la radio o miramos la tele para informamos de lo que hace en Boca”.

La familia posa orgullosa con el retrato del crack. Oscar y Glady vieron el partido con EL GRAFICO en su casa del barrio Nadal, en Firmat, al sur de Santa Fe.

Sabedor de que el ambiente del fútbol suele estar plagado por hombres a los que sólo les interesa el dinero, se empeña en aclarar que el único y representante del Wálter es él. “No nos interesa que tenga intermediarios. Eduardo Bermúdez cumple solamente una función de asesor. ¡El responsable es su papá: Oscar Samuel!”, confirma con alegría.

Después de agarrarse la cabeza con el empate de Talleres y de gritar como loca el gol de la victoria de Palermo, mamá Glady se relaja y comenta: “Mi hijo llegó a la Primera, ahora está en Boca y sabe lo importante que es eso. Pero él es un muchacho tranquilo y tímido, al que no le gusta mucho hablar. Nosotros lo controlamos y lo cuidamos para que no cambie su forma de ser, porque todavía es joven y nuestra intención es que siga siendo el mismo de siempre”. Mariana y Marisol lo definen como “un hermano re—bueno” y rememoran los tiempos felices de la infancia, cuando los tres se divertían pateando una pelota. “En el colegio todos lo conocían como Samuel, nadie lo llamaba Luján”, recuerda Mariana, a pesar de que ya nadie en la familia prefiere hablar sobre el tema.

Ellas dos, papá y mamá, posan para la foto junto a un cuadro pintado por Claudio, un primo sordo—mudo que lo retrató con su pincel. Al mirar la pintura, Oscar vuelve a emocionarse y le agradece otra vez a la vida por esta oportunidad única: la de regalarle cariño a su hijo. Como él mismo confiesa en la intimidad: “Lo amo como si fuera de mi sangre”.

ALEJO AVERSENTE

Fotos: ALBERTO RAGGIO

Enviados especiales a Firmat, Santa Fe 

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