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@MarianoBoettner

El mal trago, en palabras del ministro Nicolás Dujovne, que significó el 2,3% de inflación de marzo, fue un cóctel que, en verdad, vino siendo preparado desde hace varios meses. Y tuvo varios ingredientes: un poco de devaluación, una porción de expectativas al alza, una pizca de emisión monetaria, tarifazos y aumentos de combustibles.

Así es como se fue mezclando esta copa: hace exactamente cuatro meses el dólar costaba 17,65 pesos. Desde ese momento y hasta hoy, el precio del billete verde aumentó 16%. Días después iba a tener lugar una conferencia de prensa que, para muchos, fue un antes y un después: el día que el gabinete y el Banco Central anunciaron una nueva meta de inflación para este año, que pasó de 10 a 15 por ciento. Eso ya de por sí significaba un“sinceramiento” de la suba de precios esperada por el propio gobierno. Y una de las consecuencias directas de ese sinceramiento fue el “relajamiento” del Banco Central, el que se encarga de determinar cuánto dinero da vuelta en las calles.

En términos prácticos, con una meta más “simple” de cumplir, no necesitaba sacar de circulación tantos billetes tan rápido, por lo que afl ojó su política de tasas de interés. El siguiente paso es la consecuencia directa de ese relajo: con tasas menos atractivas, volvió el dólar a ser el más buscado. Y como suele suceder con cualquier producto demandado, subió su precio aún más. Desde ese momento se produjo lo que los economistas llaman “traslado a precios” de una devaluación.

Es decir, cómo ese aumento llega hasta los productos de nuestra canasta básica. El dólar recargado se juntó, entonces, con los aumentos de tarifas de servicios públicos y de combustibles, que tienen ya sus precios liberados. Una vez combinados todos estos ingredientes, observar lo que sale de esa mezcla era sólo cuestión de tiempo. La inflación de febrero ya había dado señales y la de marzo lo confirmó. Hay un índice que el gobierno y el Banco Central miran con especial atención: se llama “inflación núcleo”. Es una medición que no toma en cuenta los precios de tarifas u otros que dependen de la estacionalidad, como las verduras. Y este indicador fue en marzo de 2,6%, más de un punto superior al de hace dos meses. Evidentemente, hay algo que huele y sabe mal: la inflación es un mal trago y los que lo beben cada mes son los que menos tienen.