Hoy se lloran cuatro años del asesinato de Kevin.

“KEVIN QUIERE PREGUNTAR”

Mirá el reloj, ahora, a esta misma hora, hace 4 años detonaba el primer estruendo, la primera ráfaga de muerte, el primer grito de pólvora, la primera de 105 balas, todas con armas de guerra, todas a 50 metros de dos garitas sordomudas, todas perfectamente desafinadas para otro eterno concierto de la muerte, que duró más de 180 minutos, que duró diez llamados al 911, que todavía dura. ¿O no? Muérdanse los ojos, mírense los oídos, cállense las manos, cierren la nariz y huélanse los labios, ¿los escuchan? Son 104 tiros que nos pegan en los tobillos cada mañana y se quedan rebotando entre los huesos, agujereándonos el alma y taladrándonos el sueño, mientras persiguen estúpidamente a esos recuerdos que nunca podrán desangrar. ¿Y la sirena? Luz mala.

Tal vez puedan responder,
qué pasó con la otra bala.

Mirá las estrellas, ahora, a esta misma hora, hace 4 años Kevin se caía de la cama, sobresaltado por su peor pesadilla: estaba despierto. No era un cuco. Eran muchos. Saltó al piso y avanzó reptando para esconderse, adentro de su casa, hasta improvisar una trinchera bajo la mesa del comedor, para que no lo mataran por villero, para que no lo mataran por niño, para que no lo mataran. ¿Lo ven? Cómo no lo van a ver, si todavía está sentado en el hall de la verdad, aferrado a sus propias rodillas, para comprimir dos piernas flaquitas que apenas podían temblequear, a la espera de algún silencio, de algún dios. O de Jackie Chan. No tenía ganas de ir al baño. Pero se estaba meando del miedo. Pis del cagazo, ¿entienden? Temor, no, terror tenía, un pánico igual a ése que tendrían tus hijos, si un despertador de fuego los arrojara a una batalla de soldados pobres y jefes ricos, en un campo minado de inocencia, donde las balas “perdidas” aplauden para que alguien las vea desde alguna sombrilla.

Tal vez puedan responder,
por qué todas se les pierden en la villa.

Mirá el amanecer, ahora, a esta misma hora, hace 4 años dos bandas de fantasmas al servicio del poder que los deja ciegos, cuando no los deja presos, cuando no los deja muertos, se disputaban una casa deshabitada con licencia para operar, una farmacia de drogas recetadas por las mismas Fuerzas que las incautan y no las registran, esas mismas que negaron las detonaciones en cada modulación, esas mismas que no escucharon los dulces silbidos de Uzi y de FAL, esas mismas que allanaron nuestra redacción al día siguiente, esas mismas que torturaron a dos compañeros, esas mismas que gatillan fácil cada 25 horas, esas mismas que se robaron dos celulares durante las pericias, esas mismas que se rieron de la familia rezando, esas mismas que cachetearon a su hermanita hace un mes, esas mismas que dejaron la zona liberada…

Tal vez puedan responder,
cómo no escucharon nada.

Mirá las miradas, ahora, a esta misma hora, hace 4 años el fiscal Giménez untaba unas tostadas y servía un café con leche humeante, en la calidez de su hogar, porque no sabía que Roxana corría por la tira 6 con la masa encefálica de Kevin chorreándole por los antebrazos. No podía saberlo, porque Daniel Andrés Stolfd decidió que nadie lo supiera, abocando todos los esfuerzos del operativo a su cargo para que nadie jamás nunca descubriera en qué carajo consistía ese operativo a su cargo. Nosotros lo supimos igual, 105 veces lo supimos, porque no liberamos la zona. Y porque nos cagó la vida. ¡Mirá si no vamos a saber! Fiscalizamos la fiscalía, custodiamos al Ministerio e informamos a los medios todos los detalles de la desinformación. Pero aun así, Giménez no quiso ver. Ahora, recién ahora, esperamos la fecha del juicio oral, respirando letras por la ventana y gritando que no sólo andan sueltos los responsables: están enfierrados y uniformados con impunidad, porque ni han sido pasados a disponibilidad. ¡Mirá si no lo van a saber! Sientan, oigan, vean al enano atrincherado, contra todos esos robots que tan bien cumplieron su deber, ese 7 de septiembre, cuando decidieron echarse a correr. Y llevarse al Estado.

Tal vez puedan responder,
dónde está Santiago Maldonado.

La Garganta Poderosa

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