El cuerpo en un baño oscuro y la jeringa colgando de su brazo: la última noche de drogas y soledad de Philip Seymour Hoffman

El 2 de febrero de 2014, a los 46 años, una sobredosis de heroína mató al talentoso actor. Había intentado luchar, con recaídas y abandonos, contra el fantasma de la adicción. Había logrado estar 25 años sobrio. Pero la droga ganó la batalla. La trágica noche final y la conmovedora y reveladora carta de la mujer que lo amó

Eran las 11 de la noche del 2 de febrero de 2014, y el muerto –de apenas 46 años-, uno de los actores de cine y teatro más geniales y versátiles de su generación (Shutteersotck)Eran las 11 de la noche del 2 de febrero de 2014, y el muerto –de apenas 46 años-, uno de los actores de cine y teatro más geniales y versátiles de su generación (Shutteersotck)

Un pequeño departamento en un callejón del West Village, New York. Afuera, noche y frío: febrero azotaba. Adentro, un cuerpo tirado en el baño, en calzoncillos, y una jeringa todavía colgando de uno de sus brazos.

El hombre estaba muerto. Causa: sobredosis de heroína.

Eran las 11 de la noche del 2 de febrero de 2014, y el muerto –de apenas 46 años-, uno de los actores de cine y teatro más geniales y versátiles de su generación: un Oscar por su asombrosa composición de Truman Capote, y una colección de nominaciones y premios que parecía imposible lograr en tan pocos años: recién en 1984 empezó a estudiar teatro, su primer paso.

Pero hubo en él dos hombres. Jekyll y Hyde…

El que ese día volvió de Atlanta luego de rodar unas escenas de Los juegos del hambre, al anochecer comió en un bar, sacó 1.200 dólares de un cajero en seis operaciones de 200 cada una, y le dejó un mensaje a su amigo y dramaturgo David Bar Katz:«¿Vamos a ver el partido de los Knicks esta noche?»

Y el otro: el que cayó en la heroína muy joven, fue un adicto salvaje, se horrorizó de sí mismo y su drama, entró y salió (como por puerta giratoria) en Narcóticos Anónimos, ganó la batalla –¡25 años sobrio!–, pero recayó hasta el sombrío y solitario final…

Philip Seymour y su pareja Mimi O’Donnell (Shutterstock)Philip Seymour y su pareja Mimi O’Donnell (Shutterstock)

Desde 1999 estuvo casado con la diseñadora de vestuario Mimi O´Donell, y les llegaron tres hijos: el varón Cooper Alexander y las niñas Tallulah y Willia.

Hijos que lo desvelaban: en los intervalos del abismo de la droga fue un padre todoterreno.

En una extensa carta en la revista Vogue, que se publico luego de su muerte, su esposa Mimi O’Donell desgrana los difíciles años de lucha: “Desde el comienzo, Phil fue muy franco respecto a sus adicciones. Me contó acerca de su período de consumo excesivo de alcohol y su experiencia con heroína cuando tenía apenas 20, y su primera rehabilitación a los 22. Estaba en terapia y concurría a Alcohólicos Anónimos, como la mayoría de sus amigos. Estar sobrio y ser un adicto en recuperación, además de su actuación y dirección, era en lo que más se enfocaba en su vida”, recordó la mujer de sus primeros años de relación.

Al parecer, en los últimos tiempos “estuvo atrapado en un triángulo amoroso”, según su amigo Katz, pero no se supo quién era la otra mujer.

Con su esposa Mimi y sus tres hijos: Cooper Alexander y las niñas Tallulah y Willia (Shutterstock)Con su esposa Mimi y sus tres hijos: Cooper Alexander y las niñas Tallulah y Willia (Shutterstock)

Por lo demás, no sólo murió un enorme actor, también –algo no muy frecuente en su gremio–un hombre simple: “Era como un embajador del Greenwich Village”, recordó uno de sus vecinos. Sentado en los escalones del edificio de su departamento, fumando, hablaba con todos, y era un perfecto guía para los turistas. Un tipo cualquiera.

Pero la droga, como un siniestro juego de subibaja, lo minaba y se delataba como un demonio en esos vaivenes.

De pronto era un caballero pulcro, bien vestido, afeitado, con aroma a buen perfume: uno de esos personajes a quienes los porteros reverencian, aunque no los conozcan.

Pero la metamorfosis no tardaba: “La piel lo delataba –contó la escritora Tatiana Pahlen, que diez días antes del final lo encontró en el ascensor de la Young Men’s Christian Association–: salía de la piscina muy desarrapado, como un vagabundo”.

O’Donnell, en su catártica carta en Vogue, cuenta cuándo fue el punto de inflexión por el cual “su” Phil retornó al infierno. “El primer signo tangible vino cuando, de la nada, me dijo ‘he estado pensando en que quiero probar en tomar un trago de nuevo. ¿Qué opinás?’. Pensé que era una idea terrible, y dije no. La sobriedad había sido el centro de la vida de Phil durante 20 años, así que definitivamente esto era una bandera roja. Empezó a tomar una o dos copas sin que pareciera un gran problema, pero en el momento en que las drogas entraron en juego, me enfrenté a Phil, quien admitió que se había apoderado de algunos opioides recetados. Me dijo que era solo esta vez, y que no volvería a suceder. Le asustaba lo suficiente como para que, por un tiempo, cumpliera su palabra”.

Philip Seymour Hoffman como Truman Capote (Shutterstock)Philip Seymour Hoffman como Truman Capote (Shutterstock)

Cuando comenzó los ensayos para una nueva película –Death of a Salesman– se mantuvo alejado de las drogas. Era tan intenso todo, que no tenía tiempo ni ganas de recurrir a ellas. Eso sí: cada jornada bebía una copa. Pero el rodaje terminó y las recetas volvieron a su vida. Y lo que temía Mimi retornó de manera más violenta: heroína. “Tan pronto como Phil comenzó a usar heroína de nuevo, lo sentí aterrorizado. Le dije: ‘Vas a morirte. Eso es lo que pasa con la heroína’. Todo los días eran de preocupación. Cada noche, cuando salía, me preguntaba: ‘¿Volveré a verlo de nuevo?’”. La situación se tornó desesperante.

Un día en el aeropuerto de La Guardia: un agente de seguridad recordó que “puso los zapatos y el cinturón en la cinta con descuido, tirándolos. Creo que estaba borracho, o por lo menos lo parecía. Después, del otro lado de la cinta, no podía ponerse el cinturón, los pantalones se le caían, y mostraban un vientre muy abultado. Le hice un chiste (espero que no te quedes sin pantalones), pero me miró con ojos turbios, como perdido”.

Philip Seymour Hoffman con el Oscar como Mejor Actor por su papel en “Capote” en el Kodak Theater de Hollywood (Shuttersotck)
Philip Seymour Hoffman con el Oscar como Mejor Actor por su papel en “Capote” en el Kodak Theater de Hollywood (Shuttersotck)

Al volver de ese vuelo al mismo aeropuerto, no pudo bajar por sus propios medios. Derrumbado en su asiento, fue necesario bajarlo entre dos y llevarlo al edificio de La Guardia en un carrito a motor. Alguien lo miró con pena, y él dijo:

–Soy heroinómano.

Sin embargo, un par de días antes, a la mañana, pulcro y despejado, tomó su café expresso muy fuerte en el Chocolate Bar, y habló con varios actores de teatro, entusiasmado:

–Hay varios papeles en cine para mí, dando vueltas, y una oferta para una serie en Showtime.

Pero pocas horas más tarde, el mismo día, Paul Pabst, productor del programa deportivo The Dan Patrick Show, lo vio y le contó a sus amigos:

–¡Qué aspecto terrible tiene! Es un horror. Camina como un zombie, completamente ido…

Mimi O'Donnell con sus hijos Willa, Tallulah y Cooper Hoffman durante el funeral en Nueva York (Shutterstock)
Mimi O’Donnell con sus hijos Willa, Tallulah y Cooper Hoffman durante el funeral en Nueva York (Shutterstock)

Mimi relata con dolor el último esfuerzo de su marido por dejar las drogas: “Phil intentó parar por su cuenta, pero la desintoxicación le causó un dolor físico agonizante, así que lo llevé a rehabilitación. En algunas de las conversaciones que tuvimos mientras estuvo allí, Phil era tan abierto y vulnerable como en los momentos más íntimos de nuestro tiempo juntos. Entre un día o dos de su regreso, comenzó a consumir nuevamente. En casa, se comportaba de manera diferente, y estaba poniendo ansiosos a los niños. Ambos pensamos que algunos límites serían útiles y, entre lágrimas, decidimos que Phil se mudara a un apartamento a la vuelta de la esquina. Nos ayudó a mantener un poco de distancia, pero nos permitió a todos estar juntos tanto como era posible, él todavía caminaba con los niños a la escuela, y todavía teníamos cenas familiares”.

Luego, cuando se dio cuenta que estaba a punto de perderlo todo, Hoffman decidió regresar a rehabilitación. Una vez más. Allí recibió la visita de su familia y de los tres niños, de diez, siete y cinco. Comenzaron a hacerle preguntas y él respondió con honestidad. Como resulta lógico, omitió decir la palabra “heroína”. La despedida fue desgarradora, pero O’Donnell cree que ese encuentro les hizo bien como familia.

"Por primera vez me di cuenta que su adicción era más grande que nosotros. Pensé: no puedo resolver esto. Era el momento de dejarlo ir. Le dije: ‘No puedo monitorearte todo el tiempo. Te amo, estoy aquí por ti, y siempre estaré aquí para ti. Pero no puedo salvarte’”, contó su esposa Mimi (Victoria Will/Invision/AP)«Por primera vez me di cuenta que su adicción era más grande que nosotros. Pensé: no puedo resolver esto. Era el momento de dejarlo ir. Le dije: ‘No puedo monitorearte todo el tiempo. Te amo, estoy aquí por ti, y siempre estaré aquí para ti. Pero no puedo salvarte’”, contó su esposa Mimi (Victoria Will/Invision/AP)

Y el momento más dramático llegó. “Cuando Phil volvió en noviembre, él deseaba mucho mantenerse sobrio y lo hizo durante los siguientes tres meses. Pero fue una lucha desgarradora para ver. Por primera vez me di cuenta que su adicción era más grande que nosotros. Pensé: no puedo resolver esto. Era el momento de dejarlo ir. Le dije: ‘No puedo monitorearte todo el tiempo. Te amo, estoy aquí por ti, y siempre estaré aquí para ti. Pero no puedo salvarte’”.

En enero llegó el “aislamiento” de Hoffman. Fue durante la grabación de The Hunger Games. Él en el rodaje, Mimi en Nueva York. Financieramente, el actor ya había trasladado todo a su mujer. Sabía, íntimamente, que era irresponsable bajo su estado de adicción y quería protegerla a ella y a los niños. Ella insistía en que volviera a rehabilitación. Pero ya era un camino difícil, imposible.

Cuando regresó de Atlanta, donde rodaba su último film, O’Donnell quiso mantener cierto control sobre él. Pero era demasiado tarde. Tres días después, el 2 de febrero de 2014, murió.

La autopsia determinó que había muerto por sobredosis de heroína y un coctel de drogas (Shutterstock)La autopsia determinó que había muerto por sobredosis de heroína y un coctel de drogas (Shutterstock)

A las once y media de esa última noche, luego de leer los dos mensajes de Hoffman sobre sus ganas de ver el partido de los Knicks, mandados a las ocho y cuarenta y ocho cincuenta, su amigo Katz le escribió:

–Recién terminé de cenar. ¿Dónde estás?

Pero Hoffman no le contestó. Ya estaba muerto.

Míster Hyde, en su espantosa versión de dealer, había derrotado al doctor Jekyll.

Alrededor del cuerpo exánime, como una trágica corona, había 50 papeles de heroína y varias jeringas.

Su penúltimo acto, los 1.200 dólares que sacó del cajero, tal vez sirvieron para tejer el invisible telón final. Un telón, y también un sudario de heroína.

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