Fábulas de la cuarentena administrada

El karma de los gobernantes, las proclamas de los formadores de opinión

En un contexto atroz, se lanzará la propuesta de canje y se elabora el proyecto de impuesto a las grandes fortunas. La derecha argentina se planta en contra, injuria, emite sofismas, miente. Algunos protagonistas parecen personajes del memorable programa de Diego Capusotto.
Imagen: Bernardino Avila

Los supermercados de Chubut vendían alimentos, bebidas y artículos de limpieza conforme las normas imperantes. Agregaban otros productos no esenciales como electrodomésticos, papelería, libros, vestimenta. La oferta adicional gambeteaba, pongalé, las restricciones que padecían pequeños comercios dedicados a dichas actividades no esenciales. La Cámara de Comercio de Comodoro Rivadavia reclamó ante el gobernador Mariano Arcioni: los grandes lucraban de más y dificultaban el futuro de las Pymes. Cuando se habilitaran las actividades los consumidores estarían provistos. Arcioni accedió al pedido, lo anunció el martes, la resolución entra en vigencia este miércoles. También se amplió la posibilidad de hacer delivery a ciertos productos antes excluidos.

Baqueanos del lugar avizoran un nuevo inconveniente. El pequeño comercio no está capacitado en su totalidad para manejar la nueva demanda que requiere mensajería, pagos por medios electrónicos. En el corto plazo lucrarán las Fintech, los mercadolibristas. Grandes de otro palo que se adecuaron a la crisis, venden más, reparten con vehículos propios a veces y con personal explotado como antes pero sometido a más peligros.

Se narra un hecho real, no una fábula. La buena decisión del poder político no basta para superar las condiciones preexistentes del mercado. A diferencia de las fábulas, por suerte, la moraleja podría reformarse o mitigarse en el corto plazo. Si las Pyme le encuentran la vuelta o los gobiernos saben darle otra mano.

Se trata de un ejemplo entre miles. La sociedad civil, las municipalidades, las provincias, el Estado nacional discuten, intercambian, articulan. Sobre el piso preexistente, también.

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Los gobernadores de las provincias más grandes copian y pegan el modelo de cuarentena nacional anunciado por el presidente Alberto Fernández. O lo acentúan. El bonaerense Axel Kicillof, el cordobés Juan Schiaretti, el santafesino Omar Perotti, el porteño Horacio Rodríguez Larreta. El tucumano Juan Manzur, que es sanitarista, no se diferencia especialmente aunque aclara que se realizará la zafra, pilar de la economía provincial. Todos buscan cómo flexibilizar la actividad económica. Todos previenen el aumento de contagio en grandes centros urbanos, lo temen.

Las provincias elaboran iniciativas de flexibilización, con protocolos que les darían sustento. Unas cuantas prefieren reservarse la difusión del contenido estricto para no alentar expectativas: la decisión queda en manos del gobierno nacional.

Cualquier gobernador o cualquier alcalde mide el cumplimento de la cuarentena, calibra acechanzas. Observan cumplimiento promedio razonable, con diferencias sensibles. En la última semana el tránsito automotor creció por doquier. Tanto Schiaretti como Kicillof, sin agotar la nómina, mandaron reforzar la vigilancia y las sanciones a los infractores.

De cualquier modo, la mayoría ciudadana acata. Resurge la clásica pregunta de la ciencia política, de Maquiavelo hasta hoy: ¿por qué obedecen? La perspectiva de la represión y los castigos jamás basta. Mire, lectora o lector, las cifras de infractores y compárelas con la población nacional. Da un porcentaje bajo aunque seguro que existen los que incumplen sin ser descubiertos o detenidos. De cualquier modo, la historia enseña que ningún sistema puede contener a la sociedad si esta se rebela masivamente, en números enormes. Si una masa colosal de changuistas y comerciantes argentinos ganaran las calles o abrieran sus negocios podría suscitarse una variante criolla de la primavera árabe.

Tremendo desafío para las autoridades ejecutivas de todos los niveles: calibrar la paciencia colectiva que no corre a la misma velocidad ni por el mismo andarivel que la aprobación a la política sanitaria (ver nota aparte).

La necesidad angustia a trabajadores informales que necesitan la changa, a profesionales, industriales o comerciantes mejor acomodados pero que no soportan transcurrir varias semanas sin flujo de ingresos.

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Un intendente de una ciudad bonaerense del interior cuenta que en los primeros días costaba disuadir a los vecinos de hacer un asadito los domingos con familia o pocos amigos. El aire es puro, el virus no llegó acá, la fuerza de la costumbre. Es brutal e imposible sancionar esas conductas en un pueblo chico donde todos se conocen. Se les habla, se procura persuadir. Los aleccionaron más los tristes ejemplos de Loncopué o de Córdoba , las celebraciones que contagiaron a los más queridos.

La Argentina es catequizada por las vivencias previas de Europa, los argentinos por los padeceres de compatriotas.

Ningún hombre es una isla… tampoco los pueblos y ciudades. Un paraje sin infectados pone en las barbas en remojo si a pocos kilómetros hay otro con contagio comunitario. Una cárcel cerca siempre fue un incordio para las ciudades aledañas. El coronavirus potencia los problemas. Cuando se analiza liberar presos ponen el grito en el cielo opineitors varios, todólogos diplomados en la University of the Street. Reparan en una faceta de la cuestión, esencial más no única. La peligrosidad de los reos, muchos de ellos sin condena, acusados de delitos leves. Imposible negar la entidad del problema. Hay otros que concurren y complejizan la realidad y las respuestas. Las cárceles son espacios de hacinamiento y contagio. Hasta los manoduristas tendrían que percatarse que el personal penitenciario es grupo de riesgo. No viven en los establecimientos carcelarios, sino en localidades cercanas.

Cruzar variables es el karma de los gobernantes. Proferir proclamas irresponsables, ne fregarse de la complejidad de lo real, la jactancia de numerosos formadores de opinión. Los parlamentarios sin tierra pueden darse similar lujo a diferencia de los que conducen ejecutivos.

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Mandatarios de surtidos colores políticos y de poder disímil ponen fichas a la construcción. La obra pública es imprescindible ya mismo para ampliar la infraestructura hospitalaria. Las refacciones u obras privadas capacitan para sumar: para algo se abrieron los corralones de material. El programa Procrear tal vez sea base de lanzamiento. La industria textil, reconvertida, puede atender necesidades urgentes. Muchas demandas de provincias o comunas subrayan esos ítems.

En un contexto atroz, se lanzará la propuesta de canje y se elabora el proyecto de impuesto a las grandes fortunas. La derecha argentina se planta en contra, injuria, emite sofismas, miente.. Unos cuantos protagonistas parecen personajes del memorable programa de Diego Capusotto. “Renuncie filo marxista Carlos Heller, renuncie agresivo ministro Martín Guzmán”.

Ejercen de ese modo, cuestionable pero lícito, su libertad de expresión mientras gimotean porque falta República. No da la impresión de que sea verdad. Otras cosas sí faltan, caramba.

mwainfeld@pagina12.com.ar 

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