La profunda trama de la desigualdad social y deportiva

A propósito de los positivos de Covid-19 de Stephanie Rea y Camila Godoy, futbolistas y habitantes de la Villa 31

La arquera de Excursionistas, que ya regresó a su casa y la delantera de River, que continúa aislada en un hotel porteño, son la clara evidencia los padeceres de las deportistas villeras.
Camila Godoy y Stephanie Rea, futbolistas y habitantes de la 31.
Camila Godoy y Stephanie Rea, futbolistas y habitantes de la 31. 

Las desigualdades sociales y de género se evidencian también entre la pandemia y el deporte más popular de nuestra región. Con la pelota parada, el fútbol femenino fue noticia en estos días porque hubo dos jugadoras que dieron positivo de Covid-19. La arquera Stephanie Rea, de Excursionistas, y la delantera Camila Godoy, de la reserva de River, se contagiaron en la Villa 31, donde viven y donde empezaron a amar al fútbol. Ahí, en un puntito inmenso del mapa que está siendo vulnerado hasta por el propio Estado.

En un deporte dispar de acuerdo al género de quienes lo protagonizan, las primeras víctimas fueron mujeres que habitan en barrios vulnerados. Hasta el sábado, en la Ciudad se computaban 3905 contagios en esas zonas y 28 muertes.

Stephanie Rea y Camila Godoy tienen 24 y 17 años, respectivamente. Se conocen: eran rivales en el potrero. Rea es parte del equipo Las Pibas. Godoy de Las Remiseras. El duelo es un clásico en el barrio: cada uno lleva su hinchada, hay gritos de aliento, puteadas. La 1 cuenta que se pone más picante afuera que adentro. Y que Las Pibas ganaron el último. Que extraña eso. Y que desea que su rival, como define a Camila Godoy se recupere pronto.

Desea que vuelva el fútbol, que vuelva el clásico del barrio, aunque Excursionistas ya no la deje jugar ahí. Rea no tiene contrato como profesional, pero le exigen como si lo fuera.

Mientras se recuperaban en hoteles que el gobierno porteño puso a disposición para pacientes con el virus y sus clubes publicaban las noticias de sus positivos, padecieron los comentarios en las redes sociales que destilaban odio de clase y machismo. Para un mundo virtual la culpa era de ellas: por mujeres, futbolistas y villeras.

Mónica Santino, integrante de la organización La Nuestra Fútbol Feminista, un espacio de pibas y mujeres que conquistaron la cancha Güemes para apropiarse del fútbol en el barrio hace 13 años, considera que estas historias revelan una trama profunda de desigualdad social, deportiva y “de todo tipo”. “La pandemia pone en evidencia todo lo que estaba mal desde antes: la falta de agua, las condiciones de hacinamiento y lo vinculado a la vida cotidiana en los barrios. Cuando lo miramos desde la perspectiva de género la brecha es mayor”, dice.

La Nuestra no está jugando, pero patea, hoy, broncas, injusticias. Furia contenida. Por eso hicieron un descargo a esos comentarios. Le escribieron a los discriminadores del sistema patriarcal que las oprime y las denigra por ser mujeres que juegan al fútbol y viven en la Villa 31. “Estamos orgullosas de ser manada, de ser familia, de jugar al fútbol y vivir donde vivimos”, postearon. Al odio le ganan con amor.

“Nos están dejando un poco estar”, dice desde su casa allí Lucy Martiarena, jugadora de La Nuestra. Su compañera Viviana Armando envía en un mensaje de whatsapp una pregunta que duele: “Uno habla de inclusión, yo lo escucho, es una palabra que dicen mucho. Pero donde falta lo indispensable, como el agua, ¿se habla de inclusión? ¿La inclusión existe?”.

Rea pasó por La Nuestra cuando todavía no era arquera. Después se sumó a Las Pibas, otro equipo del barrio. Madre de una hija, tiene dos trabajos porque la plata no le alcanza. Es maestra jardinera y entrega comida en la plataforma Rappi. Cree que se contagió una vez que salió a comprar la comida para el día: “En el barrio el virus está en todos lados”, dijo días después, mientras tosía, en el lugar donde estaba aislada. Como su hija dio negativo, la 1 de Excursionistas tuvo que separarse de ella y dejarla con su papá. En estos días volvió a su casa. Está bien, contenta de haber regresado. Cuando estaba en el hotel, el club le regaló una pava eléctrica para que pudiera tener agua caliente.

-¿Qué sentís cuando ves que jugadores varones de Primera división como vos viven en lugares con, por ejemplo, espacio para entrenar?

-Y… Da impotencia. Mi casa es chiquita, yo no puedo entrenar acá, menos volar como si estuviera en el arco. Esperemos algún día tener las mismas oportunidades.

Camila Godoy sigue en un hotel porteño, donde se recupera junto a su hermano. En su hogar la única que no se contagió fue su mamá. Su papá está internado, recuperándose después de haber pasado por terapia intensiva. Sus primos y sus tíos también dieron positivo. En este marco, las agresiones en las redes afectaron a la delantera. La angustiaron.

Santino cuenta que Godoy también pasó por La Nuestra, aunque después fue al club Padre Carlos Mugica. Y marca que la desprotección de las futbolistas es enorme. “Estos ataques en las redes afectan en los estados de ánimo y en un marco de fragilidad en la salud y del desamparo que significa estar con miedo e incertidumbre”, dice. Y agrega una fórmula de respeto y cuidado que encontraron. Que emergió de lo construido entre el fútbol y el feminismo en el barrio: las redes de mujeres que las abrazan en momentos desesperantes como éste.

Juliana Román Lozano, entrenadora, es una de las que semana a semana trabaja para organizar donaciones y repartirlas. Dice: “Estamos muy atentas a denunciar y visibilizar el completo abandono en que el Estado ha dejado a la Villa 31. Por eso decimos, Larreta es responsable”.

Desde que comenzó la cuarentena La Nuestra Fútbol Feminista generó estrategias para sostener los vínculos por fuera de los límites de la cancha, el lugar que las reunía. Martín Alvarez Litke, antropólogo, investigador del CONICET y del Instituto de Investigaciones en Estudios de Género, hace su trabajo de campo en la Villa 31. Su investigación sobre fútbol femenino tiene a La Nuestra como objeto de estudio. “Las mujeres en el fútbol están en una situación de precariedad respecto de los varones -dice-. Era más probable que aparezcan estos casos en el fútbol femenino”.

Para el investigador, la construcción que estas pibas lograron hacer de un fútbol feminista es lo que permite sostener el espacio: “No lo hacen sólo desde lo deportivo, sino desde lo emocional, desde lo económico, desde haber armado esas redes de contención entre mujeres que posibilitan que las jugadoras se sientan contenidas desde distintos lugares”, analiza. Y recuerda las frases que las pibas pintan en sus remeras y banderas: “Me paro en la cancha como en la vida” o “Mi juego, mi revolución”. Un símbolo que se hace cuerpo cuando el abandono del Estado es una normalidad que lastima. Que enferma. Que mata.

Ellas, ahí, en su lugar, acuñaron el concepto de heroicidad colectiva: lo aprendieron en la cancha. Saben que los partidos no los gana una sola. Es entre todas o nada. En estos días La Nuestra se organiza para recibir donaciones de alimentos y repartirlos a las familias del barrio; para recolectar donaciones de ropa y abrigo, para juntar fondos y poder comprar alimentos y artículos de limpieza para quienes viven allí.

Hermanadas, son las mujeres quienes se ayudan, quienes combaten los problemas estructurales del mismo lugar donde murieron los militantes populares Ramona Medina, Víctor “Oso” Giracoy y Agustín Navarro.

Alvarez Litke cuenta que en las entrevistas que les hace a las integrantes siempre salen palabras que representan eso que el fútbol les deja grupalmente cuando la pelota deja de estar en movimiento: “Se refieren a La Nuestra como su segunda familia, una familia de elección que a diferencia de su familia de origen no rechaza, por ejemplo, su elección deportiva”. Y agrega: “La presencia de esta organización y la conquista de la cancha, un espacio marcado como masculino, permitió la politización del espacio de juego, pero también del espacio privado. Es muy llamativo cómo el fútbol y lo que circula en el lugar público permitió que trasladaran esos valores a su vida”.

Simone de Beauvoir dejó una frase elocuente: “No olvides nunca que bastará con una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres se cuestionen. Debemos permanecer alerta durante toda nuestra vida”.

Camila Godoy sigue soñando goles. Llegó a River a los 14 años y venía siendo titular en la Reserva. De hecho, jugó el último partido antes de la pandemia, uno especial: estuvo en el clásico que le ganaron a Boca por 5 a 0 en Casa Amarilla, el viernes antes de que el club cerrara las puertas por el coronavirus.

“Gambeta”, fue el apodo que le pusieron en las redes sociales de River para describir, en parte, su juego: Camila es una delantera habilidosa, que engancha para afuera y se escapa. Tiene el potrero, el de su barrio, en los genes.

Stephanie Rea quiere que todo vuelva a la normalidad para disfrutar de los días de partido, su jornada preferida de la semana. Y llevar a Guadalupe, su hija, a la escuela. Pero sobre todo desea volver a jugar: cerca de su casa, donde aprendió a patear, en el club o donde sea.

Para el antropólogo Alvarez Litke el espacio de juego, un derecho por el que pelearon, está en tensión en un marco de pandemia mundial: “Hoy esas mujeres, esas niñas, son devueltas al espacio privado. ¿Qué va a pasar cuando termine todo esto? No se sabe, pero de lo que sí hay certeza es que la construcción que hicieron, organizándose y tejiendo redes, no las encontrará solas. La Nuestra es un actor social, que trabaja de manera grupal, colectiva, que juega fuerte ahí, que sostiene esos vínculos. Todo eso se consiguió a partir de la conquista de la cancha, así que cuando la vida lo permita ahí volverán a defender y potenciar ese capital que ya tienen”.

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“Estamos orgullosas de ser manada, de ser familia, de jugar al fútbol y vivir donde vivimos”, postearon. Al odio le ganan con amor.

“Ellas, ahí, en su lugar, acuñaron el concepto de heroicidad colectiva: lo aprendieron en la cancha. Saben que los partidos no los gana una sola”.

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