“No se pongan tristes por la baja concurrencia a votar, porque esa fue la estrategia, pensada con la gobernación, el fiscal del estado y los diputados. Ahí está la viveza porque los peronistas somos vivos, no somos pelotudos”.

Con su frase, el diputado provincial de La Rioja, Lázaro Fonzalida hizo más por el radicalismo que todos sus dirigentes juntos. Más allá de la decisión que tome la Justicia sobre el polémica referendum que habilitó un tercer mandato al gobernador del PJ, Sergio Casas, las declaraciones del legislador vuelven a emparentar al peronismo con la trampa, con el vale todo.

Esa mancha histórica, sumada a la corrupción, son dos motes que preocupan a todos los dirigentes que se dicen peronistas. Desde Felipe Solá a Florencio Randazzo, de Cristina Kirchner a Sergio Massa. Todos piensan una estrategia para que, llegado el momento de entrar a una contienda electoral, una acusación falsa no empañe su estrategia discursiva.

Para algunos, el consuelo pasa por mostrar que el resto también hace trampa. Denuncian, por ejemplo, cómo el oficialismo nacional utiliza datos sensibles, como la información del ANSES, y lo suma a los que pueden aportar gigantes de internet como Facebook o Google, para enviar mensajes especialmente diseñados para convencer a cada votante.

De una complejidad y modernidad avasallantes, el accionar de los dirigentes de Cambiemos es leído por la sociedad, al menos hasta ahora, como “la nueva forma de hacer política”.

La denuncia sobre aportantes falsos a las campañas, con el uso de personas indigentes anotadas como donantes, hizo mecha, pero como diría Julio Grondona“todo pasa”. Y pasó.

Más certero sería “hacer política vieja con nuevas herramientas”, pero lo cierto es que no hay una condena social a los métodos del oficialismo, y sí un hartazgo -sedimentado durante décadas- con las maniobras del peronismo.

La corrupción es otro callejón sin salida del cual los dirigentes no logran escapar. La estrategia de denunciar al oficialismo tampoco surtió efecto hasta ahora: puede reafirmar al nucleo duro propio, pero dificilmente conquiste a los desencantados del macrismo. La ausencia absoluta de autocrítica, la incesante lluvia de causas judiciales contra sus dirigentes y la instalada percepción de que a nadie le importa la transparencia hacen especial mella sobre los dirigentes que hoy son oposición.

En una sociedad que define su interpretación de una nota periodística apenas con leer el título, esperar una sentencia favorable para declamar la inocencia es una utopía.

De ahí que, en una economía que profundiza el ajuste y la recesión, la estrategia de Macri de apelar a la lucha contra la corrupción sea un golpe en el Talón de Aquiles del kirchnerismo y demás vertientes del peronismo. Con un frondoso prontuario, el presidente se muestra al frente de esa materia, largamente anhelada por casi toda la sociedad: ley de extinción de dominio, causa de los cuadernos e incluso, por más que no prospere, proponer una reforma electoral que elimine las listas sábana.

En el amanecer del año electoral, Cambiemos tiene su tanque en marcha: saben quién conduce, quién ejecuta y hasta conocen de memoria la estrategia de cada tramo del terreno que recorrer hasta el balotaje. En la oposición, mientras tanto, se preguntan si Cristina o Lavagna. De ahí en adelante, todo está por resolverse.