Por Daniel Beylis 
paranormal@cronica.com.ar

Los casos sobre hechos relacionados con la paranormalidad y los misterios insondables que rodean esas circunstancias suelen no tener explicaciones plausibles desde lo racional y lógico.

Porque si quien vive un suceso en el que se dan ciertas circunstancias, que indudablemente resultan excepcionales para aquellos que siguen sin considerar como cierta esta ciencia, entonces no hay explicación concreta que valga.

Porque aún en sueños, que muchas veces resultan premonitorios, las probabilidades de que nos “crucemos” con un ser que habita otro plano y que ya no está en este mundo es decididamente poco creíble.

Claro que el mundo está minado de historias que no tienen explicaciones racionales, y que, sin embargo, suceden cotidianamente. Lo que sí puede pasar es que, muchas veces, las circunstancias que envuelven una historia la hagan mucho más impactante, por lo conmovedora, y por lo que le deja a aquella persona afectada.

Un hecho muy definido sobre este tipo de casos se produjo en la ciudad de Mérida, estado de Yucatán, México, donde se ratifica que los fantasmas se pueden aparecer cuando nadie los espera y a la hora menos pensada.

Y el protagonista estelar -entre los vivos, se entiende- fue el oficial de policía mexicana Pablo García Sotelo, quien vivió una noche para nada normal, justo el 24 de diciembre de 2015.

Una persona respetable

Don Pablo, como suele llamarse a los señores hechos y derechos en México, es un oficial de las fuerzas policiales que, a sus 46 años, presenta una foja intachable de servicios, y no registra informe alguno relacionado con lo paranormal, ni es muy crédulo sobre misterios. Sin embargo, el policía hace un relato que deja pasmados a quienes lo leen.

García Sotelo indicó en su informe que el 24 de diciembre pasado debió trabajar en la fuerza policial hasta las 20, por lo que al terminar su horario y sin más actividades que cumplir, de inmediato se dirigió hasta su domicilio con el fin de pasar la Nochebuena y Navidad en compañía de su familia, para lo cual se trasladaría a la casa de su suegra.

Y prosigue: “Como yo no tengo familia en Mérida, siempre pasamos estas fiestas de fin de año en casa de mis suegros, donde se reúnen mis cuñados y parientes, ya que la de mi esposa es una familia muy numerosa” García Sotelo aclara, en este aspecto, que no siempre él ha podido concurrir, “dado que a veces, por mi trabajo, que posee turnos con horarios rotativos, no siempre he podido estar con ellos al momento de la Nochebuena o la Navidad”.

De todas maneras, no fue el caso de 2016, ya que al haber concluido su labor poco antes de las 8 de la noche, tuvo tiempo de sobra para estar con los suyos.

“El caso es que una vez que me retiré de la repartición, me dirigí hasta mi domicilio al que llegué casi a las 9 de la noche. Sin perder tiempo y como estaba solo en casa, ya que mi esposa y mis dos hijos ya estaban en lo de mi suegra, me apuré para bañarme y una vez arreglado rápidamente fue a su encuentro. Me fui en mi moto, pero como había varios automóviles estacionados en la calle, me detuve a casi a diez metros de la entrada del domicilio”, agregó.

Increíble momento

“Así, al momento de bajarme de la motocicleta sentí una mano muy fría que me tocaba el hombro derecho; y al darme vuelta, vi a un ex compañero de trabajo, Braulio, que hacía muchísimo tiempo que no veía. No era cualquiera, ya que ambos fuimos amigos en nuestra infancia y con sorpresa vi que estaba ahí, lo que en principio me descolocó. Fue entonces que extrañado le pregunté a un silencioso Braulio qué hacía por esos rumbos. Entonces se encogió de hombros como si no supiera o no quisiera decirme nada, pero supuse que a lo mejor lo habían trasladado a Mérida, ya que la última vez que nos habíamos encontrado vivía en Ciudad del Carmen. Aunque todos en la fuerza sabíamos que, por cuestiones de su trabajo viajaba frecuentemente por toda la península, por eso no se me hizo demasiado raro haberlo cruzado en un lugar infrecuente”, explicó el agente, consultado por varios medios.

Braulio había muerto en un accidente dos días antes.

De todas maneras, el encuentro, casual y a la vez sorpresivo, tuvo un abrupto desenlace: “En ese mismo momento escuché el grito de mis dos hijos que decían papá, mientras corrían para abrazarme, pues les dio mucho gusto que hubiera llegado temprano a la celebración de Nochebuena. Por eso mismo me di vuelta y al momento de volver a ver a mi amigo Braulio, éste ya no estaba. No voy a negar que se me hizo muy extraño ese hecho, aunque todo pasó en cuestión de segundos y no me quedaron dudas del encuentro”, continuó.

“Como estábamos casi en la esquina, pensé que a lo mejor dio la vuelta y momentos después regresaría. Sin embargo, transcurrieron cuando mucho dos minutos y como vi que no volvía, y no lo veía por ningún lugar, entré a la casa de mis suegros. Y la verdad, al reencontrarme con los numerosos familiares ya se me olvidó lo de mi amigo. La pasamos bien y en horas de la madrugada regresamos juntos con mi familia a nuestro hogar”, prosiguió el relato.

Una situación que ya se ha vivido antes

Son muchos los casos de personas que se han encontrado con otros a los que suponían vivos, pero que ya habían perdido la vida, de una u otra forma, mucho antes del supuesto encuentro.

Hechos registrados en varios lugares del mundo, como Brasil, Canadá (el caso de Anne -foto-, que en 1985 vio a su hermana Helen en perfecto estado de salud 48 horas después y sin saber de que su parienta directa había fallecido de un paro cardíaco, una semana antes), Francia, Australia y Japón, por citar apenas algunos casos, ratifican que el hecho que vivió el agente mexicano Pablo García Sotelo no es el único, ni seguramente será el último.

Es más, para aquellos muy creyentes en su fe religiosa, ya sea entre los cristianos como también entre los practicantes musulmanes, los budistas e hindúes, en todos los casos que alguien que haya dejado esta vida terrenal para pasar a la inmortalidad y se “presenta” ante una persona conocida para “despedirse” es muy aceptado.

Fundamentalmente consideran que ese ser, ya en otro plano, se les ha presentado para darle el último adiós, como una forma de recordatorio.

En todos los casos, además, quienes “vieron” a esas personas rápidamente se enteraron de la muerte de esos seres queridos. Asimismo, es muy común que el fallecimiento se haya producido drásticamente, ya sea por un accidente inesperado o un mal fulminante, y difícilmente se traten de personas enfermas que padezcan un mal durante un tiempo prolongado.