Murió Carlos Alonso, el gran maestro mendocino de la pintura argentina
El célebre artista nacido en Tunuyán falleció a los 97 años en su casa de Unquillo, Córdoba. Marcó la historia visual del país con su trazo visceral, su compromiso social y la memoria de la dictadura.

El arte argentino atraviesa una jornada de profundo duelo tras confirmarse el fallecimiento del célebre pintor, dibujante y grabador mendocino Carlos Alonso, quien murió a los 97 años en su residencia de la localidad de Unquillo, en la provincia de Córdoba. La noticia fue comunicada oficialmente este lunes por su círculo íntimo, cerrando la extensa trayectoria de uno de los máximos exponentes de las artes plásticas del siglo XX en el país, cuya vida y producción estuvieron marcadas por una aguda mirada sobre la realidad social, la violencia política de las décadas pasadas y la defensa irrenunciable de los derechos humanos.
Nacido en Mendoza y radicado definitivamente en territorio cordobés tras su regreso del exilio europeo, Alonso construyó una obra monumental caracterizada por un dibujo incisivo y un dominio técnico virtuoso de la figura humana. Su poética visual alcanzó un punto de doloroso quiebre a partir de 1977 con el secuestro y desaparición forzada de su hija Paloma a manos de la dictadura cívico-militar, una tragedia que lo encontró radicado en Italia y que imprimió en sus lienzos una visceralidad descarnada, capaz de confrontar al observador con las heridas más profundas del pasado nacional.

Entre sus creaciones más trascendentes se destaca la emblemática serie «Manos anónimas», un conjunto de pinturas que actualmente se exhibe en el Museo Palacio Ferreyra de Córdoba como testimonio imperecedero del terrorismo de Estado y la censura. «Para mí es, sin lugar a dudas, uno de los grandes maestros argentinos; tal vez uno de los últimos que conectó un legado histórico con la actualidad«, expresó el director del espacio, Pancho Marchiaro, al recordar la conmoción física y emocional que despiertan sus piezas en las salas y definirlo como un creador de pulso firme que miró de frente el horror de aquellos años.

Más allá del desgarro político, su versatilidad artística trascendió fronteras a través de memorables ilustraciones para hitos de la literatura universal y local, como el Martín Fierro, El Quijote y la Divina Comedia, además de constantes homenajes pictóricos dedicados a sus grandes referentes, como Vincent van Gogh. Con su partida física, la cultura nacional despide a un testigo lúcido de su época que supo elevar el dolor a la categoría de memoria colectiva, dejando un acervo visual que mantendrá viva su presencia en los museos y en la identidad de las generaciones venideras.

