Tomás Balmaceda en Mendoza: «En una economía global cada vez más homogénea, la singularidad puede convertirse en una ventaja»

El reconocido doctor en filosofía, profesor e investigador Tomás Balmaceda visita la provincia para participar en el encuentro de Industrias Creativas Comecoco 2026. Con una trayectoria enfocada en descifrar cómo la tecnología reconfigura la vida cotidiana, la cultura y las dinámicas demográficas, el autor propone repensar el vínculo entre el Estado, la innovación y el pensamiento crítico.

Balmaceda llega desde Buenos Aires a nuestra provincia para ser partícipe del Comecoco 2026, que se desarrollará del 2 al 4 de septiembre en el Espacio Cultural Julio Le Parc, Mitre y Godoy Cruz, de Guaymallén. Será un encuentro para pensar la cultura, el conocimiento, las nuevas tecnologías y las tendencias contemporáneas desde una mirada cercana y actual.

En ese marco, desarrollará dos actividades. La primera será el jueves 3, a las 10.30, con su charla “Para qué sirve la cultura: filosofía para gestionar lo que importa”, una actividad destinada a equipos de Cultura y Educación de los municipios y de la provincia de Mendoza. Por la tarde, a las 17.30, ofrecerá la charla abierta “Hacer que pase: ideas, cultura, educación y vivir de lo que te gusta”, actividad gratuita con inscripción previa.

En diálogo exclusivo, el especialista profundiza sobre los riesgos de la naturalización tecnológica, los desafíos de la gestión pública frente a la inteligencia artificial y la importancia de construir vínculos locales singulares.

– En tu trabajo señalás que las plataformas y los algoritmos se han vuelto invisibles en nuestra rutina. ¿Cuáles son los riesgos más urgentes de esa naturalización en la forma en que trabajamos, aprendemos y nos vinculamos?

– Creo que el principal riesgo aparece justamente cuando dejamos de percibir la tecnología como tecnología y se vuelve “invisible”. Cuando una herramienta se vuelve transparente dejamos de preguntarnos qué decisiones incorpora, qué comportamientos promueve y cuáles desalienta. Y hoy, buena parte de nuestra vida está mediada por sistemas que seleccionan qué vemos, con quién nos vinculamos, qué consideramos relevante e incluso cuánto tiempo dedicamos a determinadas actividades.

Eso no significa que haya un algoritmo maligno manipulándonos desde algún lugar. El problema es más interesante: empezamos a adaptar nuestros comportamientos a la lógica de las plataformas sin darnos cuenta. Trabajamos para ser visibles, aprendemos buscando respuestas rápidas y nos relacionamos en entornos diseñados para maximizar nuestra atención.

Por eso me preocupa menos que los algoritmos “piensen por nosotros” que el hecho de que terminemos organizando nuestra vida según sus criterios. Cuando una tecnología se vuelve invisible, también se vuelve invisible la posibilidad de discutirla.

– Frente al avance de la tecnología y sus usos en la vida cotidiana, ¿cómo podemos recuperar espacios de pensamiento crítico que nos permitan realizar un uso responsable?

– Para mí el pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo ni en rechazar la tecnología de plano, sino que consiste en recuperar la posibilidad de preguntar y de cuestionar. ¿Para qué estoy usando esto?, ¿qué problema me resuelve?, ¿qué estoy ganando y qué estoy perdiendo?, ¿quién diseñó esta herramienta y qué intereses tiene?

En un momento en el que cada semana aparece una nueva aplicación que promete revolucionar nuestra vida, quizás el gesto más crítico sea no sentir que tenemos que adoptar todo inmediatamente. Necesitamos menos ansiedad tecnológica y más criterio tecnológico.

También tenemos que recuperar espacios donde no todo esté gobernado por la eficiencia. Leer algo largo, conversar sin mirar el teléfono, aprender algo sin buscar inmediatamente su utilidad… ¡aburrirse incluso! Son experiencias que parecen pequeñas y triviales pero que funcionan como formas de resistencia frente a tecnologías construidas para capturar permanentemente nuestra atención.

– En relación con las nuevas dinámicas comunicacionales, ¿qué herramientas necesita un gestor cultural para no quedar rezagado frente a la velocidad de los cambios?

-Me parece que nos encontramos frente a una paradoja: cuanto más rápido cambia la tecnología, menos sentido tiene intentar aprender todas las herramientas. Es una carrera que inevitablemente vamos a perder. Por eso creo que un gestor cultural necesita desarrollar capacidades más estables: entender cómo circula la atención, saber construir comunidades, contar historias, identificar públicos, experimentar con formatos y leer datos sin convertirse en esclavo de ellos. Después vendrán Instagram, TikTok, ChatGPT o la plataforma que aparezca mañana.

Creo que las herramientas concretas cambian pero las preguntas importantes permanecen: ¿qué tengo para decir?, ¿a quién quiero llegar?, ¿por qué debería importarle?, ¿cómo convierto una audiencia ocasional en una comunidad? En este contexto, el criterio es una competencia tecnológica. Saber qué herramienta aprender también significa saber cuáles podemos ignorar.

Sobre Comecoco 2026 y gestión pública

– Llegás a Mendoza para ofrecer la charla «Hacer que pase: ideas, cultura, educación y cómo vivir de lo que te gusta». En un contexto económico y social desafiante, ¿qué significa hoy «vivir de lo que te gusta» sin caer en la trampa de la precarización del trabajo creativo?

– Me interesa justamente discutir cierta romantización de “vivir de lo que te gusta”. Durante muchos años circuló la idea de que, si uno tiene suficiente pasión, creatividad y perseverancia, eventualmente va a poder convertir aquello que ama en su trabajo. El problema es que esa narrativa muchas veces termina justificando la precarización: como hacés algo que te gusta, pareciera que no deberías preocuparte tanto por cuánto cobrás, por las condiciones laborales o por la estabilidad.

Para mí, vivir de lo que te gusta significa algo bastante menos romántico y mucho más concreto: aprender a transformar intereses, conocimientos y capacidades en proyectos sostenibles. Y eso requiere cosas que rara vez asociamos con la creatividad: presupuestar, negociar, comunicar, armar redes, entender instituciones, cobrar por nuestro trabajo y también aceptar que no todo lo que amamos tiene que convertirse en una fuente de ingresos.

La pasión puede iniciar un proyecto. Pero para sostenerlo hacen falta estructura, estrategia y comunidad.

– Sobre la actividad destinada específicamente a equipos de Cultura y Educación de municipios y de la provincia. ¿Qué rol deben asumir hoy las políticas públicas municipales frente al impacto de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías en las industrias culturales locales?

– En mi opinión sería un error que las políticas públicas se concentraran solamente en «incorporar inteligencia artificial». La pregunta debería venir antes: ¿para qué queremos incorporarla?

Un municipio puede cumplir un papel muy importante creando capacidades locales. Eso significa alfabetización en inteligencia artificial, acceso a herramientas, formación para trabajadores culturales, apoyo a proyectos experimentales y espacios donde artistas, docentes, programadores, emprendedores e instituciones puedan encontrarse. Pero hay otra función que me parece fundamental: proteger y potenciar aquello que la tecnología no produce automáticamente. La identidad cultural de un territorio, sus historias, archivos, lenguajes, escenas artísticas y comunidades son activos enormes en un mundo donde cada vez es más sencillo generar contenido genérico.

No hay dudas de que, bien utilizada, la IA abarata la producción. Precisamente por eso aumenta el valor de aquello que tiene contexto, identidad y pertenencia.

– ¿Cómo se gestiona culturalmente desde el Estado un territorio donde la agenda digital compite de manera permanente con la inmediatez y la cultura de la atención fragmentada?

– Creo que el Estado no debería intentar competir con TikTok por nuestra atención. Probablemente perdería y, si ganara, quizás sería todavía peor. La gestión cultural tiene otra temporalidad. Puede crear experiencias que las plataformas tienen dificultades para ofrecer: encuentro, territorio, conversación, continuidad, memoria. Un festival, una biblioteca, un museo, un taller o una actividad en una plaza no tienen que imitar la lógica del feed para ser relevantes.

Eso no significa ignorar las plataformas. Hay que utilizarlas para comunicar, convocar y ampliar públicos. Pero una política cultural no debería medir su éxito solamente en visualizaciones o seguidores. También debería preguntarse qué vínculos produjo, qué capacidades dejó instaladas y qué comunidades ayudó a construir. En una economía de la atención obsesionada con capturar segundos, quizás una de las funciones de la cultura sea producir duración.

– Desde tu perspectiva como investigador, ¿qué futuro posible se está gestando en las provincias argentinas en relación con las grandes capitales y su posible posicionamiento?

– Durante mucho tiempo pensamos que para participar de determinadas industrias había que estar físicamente cerca de los grandes centros de producción. La digitalización está debilitando parcialmente esa relación entre geografía y oportunidad. Hoy, un proyecto nacido en Mendoza, Córdoba, Salta o cualquier otro punto del país puede producir, colaborar y circular internacionalmente de maneras que hace veinte años eran mucho más difíciles.

Pero sería ingenuo pensar que la conectividad automáticamente federaliza las oportunidades. También puede concentrarlas. Las grandes plataformas, el capital, la infraestructura y buena parte del talento siguen tendiendo a agruparse. Por eso veo una oportunidad enorme para las provincias si logran construir ecosistemas y no solamente proyectos aislados. Universidades, empresas, Estado, espacios culturales, medios, emprendedores y comunidades creativas conectados entre sí.

El desafío no es convertirse en una pequeña Buenos Aires ni copiar Silicon Valley. Es descubrir qué puede producir un territorio precisamente porque está en ese territorio. En una economía global cada vez más homogénea, la singularidad puede convertirse en una ventaja.

– ¿Cuáles son las directrices que los equipos de gestión pública deberían abarcar o potenciar?

– Yo pensaría en al menos cinco direcciones. Primero, alfabetización digital e inteligencia artificial no solamente para aprender herramientas sino para comprender sus límites y sus implicancias. Segundo, infraestructura y acceso, porque no hay innovación genuina si las oportunidades están concentradas en unos pocos. Tercero, formación y profesionalización de los trabajadores y trabajadoras culturales, incluyendo habilidades de gestión, comunicación y sostenibilidad económica. Cuarto, articulación entre Estado, universidades, empresas, escuelas y organizaciones culturales. Y quinto, experimentación, ¡mucha experimentación!

Y por último, me parece especialmente importante: frente a tecnologías que cambian tan rápido, las políticas públicas no pueden esperar siempre a tener certezas absolutas. Necesitamos espacios pequeños y controlados donde probar iniciativas, medir resultados, aprender de los errores y escalar aquello que funciona. No creo que el Estado tenga que adivinar el futuro tecnológico. Tiene que generar las condiciones para que una sociedad pueda enfrentarse a distintos futuros posibles.

– Para finalizar, ¿algo que quieras destacar en particular o que no hayamos abordado?

– Quizás agregaría algo que atraviesa toda la conversación: tenemos una relación demasiado ansiosa con el futuro. Sentimos permanentemente que algo está cambiando, que estamos llegando tarde, que hay una herramienta que todavía no aprendimos o una revolución que no estamos entendiendo. Esa ansiedad es comprensible, pero también se ha convertido en un negocio. Siempre hay alguien dispuesto a vendernos el curso, la plataforma o la fórmula que promete evitar que quedemos obsoletos.

Creo que necesitamos recuperar cierta confianza en capacidades que son mucho más antiguas que la inteligencia artificial: aprender, conversar, colaborar, interpretar contextos, hacer buenas preguntas y construir instituciones. La tecnología va a seguir cambiando. Nuestra tarea no es correr detrás de cada novedad, sino desarrollar una brújula que nos permita decidir cuáles merecen nuestra atención y, sobre todo, qué queremos hacer con ellas.

Programación completa COMECOCO 2026

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